El espacio público entregado a la hegemonía del mercado –formado por la concurrencia de actores privados– deviene semi-público, mientras que el espacio privado se publicita públicamente. El sujeto desciudadanizado se ha transformado en consumidor-espectador de las versiones mediatizadas de lo público que le ofrecen los sistemas de comunicación.
La televisión resemantiza las nuevas funciones urbanas, proponiendo un cosmopolitismo virtual centrado en valores que remiten al consumo como fuente de identidad. Las anteriores identidades culturales y políticas se fragmentan y modifican.
La privatización de la experiencia televisiva consagra la fragmentación social y la somete a la lógica de la desagregación propia del mercado. La producción de nuevos mitos –figuras del espectáculo, de la noche, del deporte y políticos– procede desde un sistema simbólico que resocializa a los sujetos disciplinando sus prácticas sociales fragmentadas y procura reemplazar la –ausente– construcción colectiva de sentidos integradores desde su experiencia directa.
Las percepciones estereotipadas de la realidad, el prejuicio y la intolerancia, de honda raíz cultural en la sociedad argentina, parecen afianzarse al interior de los partidos políticos al reconocerse afectados por la crisis de representatividad. El movimiento de desestructuración-reestructuración desata agudas tendencias divisionistas.
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